Se los debía chicas. Muchas gracias por pasarse a leer y comentar. Muacks
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Ninguno pudo evitar sonreír, sobre todo después de escuchar la queja a sus espaldas.
Al atravesar el recibidor, Sam pudo advertir que la mano de Isabella había pasado por ahí. La sensación de calidez que había sentido en la oficina de Mark y en la sala de su casa en Dallas estaba presente en la casa, así como varias de las fotos de Campana colocadas en la pared. Había varios jarrones colocados en distintos lugares, todos con altramuces violetas, azules y morados. Sam no pudo evitar sonreír al enfocar su mirada en las violetas, pero no dijo nada. Fueron directo al final del pasillo, hacia la cocina donde el olor a carne salada y especias flotaba en el aire.
Cuando entraron Sam pudo obtener unos segundos de ventaja, pues Lola estaba de espaldas, moviendo algo en el fuego. Habían otras dos chicas en la cocina a quienes Sam no reconoció, una pelando papas en la mesa y la otra lavando lechugas en el lavabo, pero ninguna pareció molestarse por la interrupción.
De espaldas, Sam sólo podía tener una vista de Lola: su cabello atado en un moño donde el negro azabache era dividido por una franja blanca, los listones de lo que suponía era un delantal atados a su espalda, una blusa blanca y una falda larga marrón, pero era su rostro por lo que ella moría por ver. Y Jack le ayudó a cumplir su deseo.
― Lola, mira quien está aquí.
Dolores Martínez alias "La Generala", se dio la vuelta con el ceño fruncido dispuesta a regañar a Jack por entrar a su cocina, donde tenía prohibido poner un pie desde el incidente del pastel, pero el regaño quedó olvidado al ver a la chiquilla parada al lado de Jack.
― ¡Sammy!
Sam y Lola se encontraron a medio camino, fundidas en un gran abrazo.
― Hola Lola ― susurró Sam contra su oído ― Encantada de verte otra vez.
El abrazo-despego-abrazo que le dio Lola a Sam le hizo pensar que quizás sería un ritual que tendría por algunos días cuando viera cada cara conocida en el rancho. Lola no paraba de hablar, aunque muchas de las palabras que decía las hacía en español y Sam no tenía ni idea que significaban excepto por su famoso “
mija” que siempre usaba para dirigirse a una chica.
― ¡No sabes cuanto me alegro que estés aquí
mija! Pero ¡mírate! ― se separó unos segundos mirándola de arriba abajo ―, buen dios niña, pareces enferma.
La sonrisa de Sam titubeó un segundo para luego fruncir la frente y arrugar los labios.
― Tú si que sabes darle la bienvenida a uno.
La mujer mayor no contestó sino que volvió a abrazarla, con más fuerza esta vez. Sin embargo, cuando abrió los ojos, miró a Mark y la intensa mirada que éste dirigía a Samantha. La dejó de abrazar pero le tomó las manos en su lugar, luego, discretamente miró el reloj de cucú que colgaba de la pared el cual marcaba cinco para las diez y media.
― Creo muchachos, que tienen una venta que hacer.
Ambos hombres miraron el reloj y supieron que tenía razón. Jack hizo una mueca de disgusto mientras que el rostro de Mark se mantuvo insondable.
― Nos vamos, los compradores estarán aquí en cualquier minuto y todavía hay que organizar el ganado que se va a mostrar ― dijo Jack. Tomó el ala de su sombrero y lo inclinó ―. Nos vemos en un rato,
chicuelas.
Las dos jóvenes en la cocina rieron, pero se callaron al ver que el señor Mark seguía parado en la puerta.
― Samantha.
La aludida respingó. Él no agregó más, pero Sam casi podía oír sus pensamientos penetrando su cabeza.
“Ni se te ocurra irte”.
Sí, algo así era lo que pensaba.
― Aquí te espero.
“No iré a ningún lado”. Ese era el mensaje que Mark recibió y suspirando, se fue detrás de Jack.
― Por lo que veo, las cosas entre ustedes dos no se han arreglado.
Sam volvió la mirada hacia Lola y le sonrió, mientras sacudía la cabeza.
― No. Y dudo que vayan a hacerlo ― diciendo esas ultimas palabras con los ojos mirando hacia el piso.
― Sammy, ¿te encuentra bien? Estás muy pálida.
Ella asintió.
― Aquí hace mucho calor. He estado en Chicago los últimos días y el cambio de clima me ha afectado ― respondió esquivando la mirada.
Lola se dio cuenta de ello así que tomó el rostro de Samantha entre sus manos y la obligó a mirarla directamente.
― ¿Como has estado,
mija?
El verse reflejada en aquellos ojos castaños oscuros, Sam sintió por primavera vez en días, un soplo de alivio. Mentir sólo la había llevado hasta donde estaba. Ahora, sólo quedaba honestidad para los verdaderos amigos.
― Mal ― respondió al borde de las lágrimas, sin derramar uno.
Lola le dio una mirada a las chicas, y estás salieron rápidamente de la cocina. La llevó a la mesa donde habían estado sentadas las mujeres y se sentaron una al lado de la otra. Lola volvió a tomar las manos de Sam entre las suyas, admirando el contraste de edad, color y salud entre ellas.
― ¿Qué sucede Sammy?
Sam se mordió el labio inferior. “Por más que le des vueltas al asunto, no hay manera sutil de confesarle la verdad.” Las palabras de Xander volvieron a sonar en su cabeza y nuevamente, tenía razón. Tres oraciones. Tres sentencias.
― Tengo una hija. Es la hija de Mark. Él no lo sabía.
Con cada oración, el rostro de Lola cambió de expresión mostrando todos los grados de sorpresa, incertidumbre, asombro y finalmente, compasión. Sam luchaba contra las lágrimas y Lola era testigo de la lucha de esa muchacha. Le acarició suavemente la mejilla sin soltar su mano.
― Sammy, a mi triste edad, he vivido demasiadas cosas y sé que todavía me faltan muchas por vivir. No soy nadie para juzgarte y estoy segura de que, desde tu punto de vista, existe algo que justifica el haber ocultado esa noticia a Mark... Dios sabe que ustedes vivieron en pocos meses lo que muchas parejas viven en años. Pero lo que cuenta es que estás aquí, y que él lo sabe ― sonrió y Sam le devolvió el gesto articulando un agradecimiento en silencio ―. ¿Ya desayunaste?
Sam se sorprendió por el cambio de plática y parpadeó unos segundos, obligando a las lágrimas a regresar a su cuerpo.
― No tengo hambre.
― No fue eso lo que pregunté, jovencita.
El tono de madre-enojada provocó la primera risa auténtica en Samantha en todo el día, así que como buena hija, respondió:
― No. No tuvimos tiempo de hacerlo porque salimos de Dallas temprano.
Lola golpeó la mesa de madera y se levantó.
― Entonces te voy a preparar un desayuno de campeones. Con éste vas a estar mucho mejor,
mija.
Sam deseó que ese desayuno mágico en verdad la hiciera sentir mejor, pero desgraciadamente, eso parecía poco probable.